
la enfermería era imposible si no se garantizaba primero la dignidad material y el
estatus legal de sus integrantes. Su paso por la presidencia de la Asociación
Venezolana de Enfermeras (1951-1958) constituye un capítulo monumental del
sindicalismo profesional en Venezuela, especialmente al considerar que navegó
con éxito en las aguas turbulentas de la dictadura militar de Marcos Pérez Jiménez
y la posterior transición a la democracia.
Fernández entendió que la ciencia no sobrevive en la precariedad. Bajo esta
premisa, su gestión se articuló sobre tres ejes de poder que transformaron la
realidad de la mujer profesional en el país:
En una alianza inédita para la época, gestionó el proyecto de vivienda FINCA, en
colaboración con el sector privado (representado por figuras como Eugenio
Mendoza). Fernández comprendió que para que una enfermera pudiera dedicarse
al rigor científico y al cuidado humano, necesitaba una base de estabilidad
patrimonial. Al dotar de seguridad habitacional a sus agremiadas, no solo estaba
entregando viviendas; estaba construyendo la independencia socioeconómica de
la mujer, permitiéndole un ascenso de clase que la alejaba de la antigua figura de
la cuidadora sumisa y desposeída.
Quizás su lucha más feroz y estratégica fue la académica. En una Venezuela
donde la enfermería era considerada un oficio técnico de segundo orden,
Fernández libró una batalla burocrática y política ante el Ministerio de Educación
para lograr las equivalencias del título de Bachiller en Humanidades. Este no fue
un simple trámite administrativo; fue el derribo del muro legal que impedía a las
enfermeras el acceso a la educación universitaria. Sin esta victoria política, la
posterior creación de las licenciaturas en enfermería en las universidades
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