
vidas humanas, los colapsos estructurales y la severa contingencia habitacional,
ante esto, la academia no puede permanecer silente. Hoy más que nunca, la
mirada y comprensión de una situación de desastre demanda una comprensión
pandimensional que abarque lo ético, lo asistencial, lo organizativo y el liderazgo,
sustentada en una plena articulación de los entes del Estado y la sociedad
organizada; bajo esta premisa, la difusión del conocimiento científico se
transforma en un imperativo ético y en una herramienta indispensable para
orientar la práctica basada en la evidencia, la toma de decisiones y la resiliencia
colectiva.
Esta respuesta decidida en tiempos de desastre encuentra un eco fundamental en
nuestra memoria histórica a través del legado de Antonia Fernández (1910–1981),
pionera de la enfermería moderna en el país, cuya praxis intelectual y gremial es
rescatada en este número por Zambrano, Álvarez y Sánchez-Uzcátegui. El
carácter vanguardista de Fernández se templó justamente ante la adversidad: con
solo nueve años asistió a los afectados por la epidemia de gripe española de 1919
y, una década después, articuló el cuidado comunitario tras el devastador
terremoto de Cumaná en 1929. Esta estirpe de servicio y coraje es la misma que
ha marcado la trayectoria contemporánea de la enfermería venezolana, cuyo
compromiso inquebrantable quedó grabado en la historia al atender con
abnegación la tragedia de Vargas en el año 1999, al sostener en primera línea y
con infinito heroísmo el sistema de salud durante la reciente epidemia de COVID-
19, y al desplegarse hoy con la misma hidalguía ante esta nueva tragedia sísmica.
Al igual que Fernández comprendió que la escritura científica y la organización
institucional eran las únicas vías para trascender el empirismo y defender la
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RVE 2026; 13,1:23-28 Editorial RVE. Osorio, M.